31 de agosto
Después de un día de andar buscando una historia, y siete horas de editar fotos y audio, logré mi primer reportaje con imágenes y sonido.
El resultado es éste.
Ahora tengo aproximadamente una hora para mandarle una propuesta de historia sobre migración a mi profe. Durante el fin de semana -que se supone es de vacaciones aquí- iré a buscar la nota. Así es mi maestría.
En este preciso instante no tengo ni la más mínima idea de qué le propondré.
Comentaba que leí “The Namesake”, de Jhumpa Lahiri. Es su primera novela, después de una colección de cuentos llamada “Interpreter of Maladies” (que ganó el Pulitzer, por cierto).
“The Namesake” sigue la historia de la familia india/estadounidense Ganguli durante dos generaciones. Ashok, el padre, sufre un accidente en tren cuando es joven y de milagro escapa la muerte. Meses, incluso años después, es parte de un matrimonio arreglado con Ashima, a quien conoce días antes de la boda. Ashok, en ese momento, ya es estudiante de doctorado en Estados Unidos. Ashima ni siquiera ha salido de la ciudad. Casi al terminar la boda cruzan el mundo y se mudan a Boston, donde todo es distinto. “Tenemos gas las 24 horas del día”, le dice Ashok a Ashima. “Y el agua se puede tomar directamente de la llave”. En teoría una vida mejor, pero absolutamente ajena a ella. Durante los más de 30 años que Ashima pasará en EU, el cambio nunca será completo.
Los Ganguli tienen dos hijos en Boston, Gogol y Sonia. En la India, todas las personas tienen dos nombres: su “buen” nombre y su nombre familiar. En el caso de Gogol, hay un pequeño problema: se pierde la carta de la abuela con la elección de ambos nombres y Ashima e Ashok se ven obligados a decidir. Eligen Gogol, porque el libro que Ashok leía durante el accidente, y que probablemente le salvó la vida, era una colección de historias de Nikolai Gogol. A la par, Gogol también es Nikhil. Aunque ese nombre nadie lo usa. Al menos al principio.
Durante los primeros años de la vida de Gogol, no hay mayor problema. Los compañeros de primaria se acostumbran a que se llame así. Pero conforme pasa el tiempo, Gogol quiere cambiar de nombre, a pesar de que él, durante el primer día de clases, decidió ser Gogol en lugar de Nikhil, su buen nombre. Los maestros dejan que Gogol decida cómo quiere que le digan. “En un país donde el presidente se llama Jimmy”, comenta Ashok, “poco podemos hacer”.
El argumento es que es un nombre ridículo. Cabe recalcar que Gogol no sabe la verdadera historia de porqué se llama así.
“The Namesake” lidia con la constante crisis de identidad de Gogol, no sólo por su nombre, sino por sus padres, sus orígenes y a la vez su vida completamente estadounidense. Él es un cúmulo de identidades, pero ninguna completa.
A pesar de contar con casi 300 páginas, se lee muy rápido. Yo lo empecé y terminé durante el fin de semana del huracán.
Es un libro muy bonito. Lahiri cuenta la historia a través de descripciones, no de narración. Todo son colores, olores y sentidos. La trama avanza con poco diálogo, es la narradora quien nos dice cómo van cambiando las cosas. Siempre se cuenta lo que ocurre en presente, como si nosotros estuviéramos observándolo en el instante, no como si escucháramos algo que sucedió hace tiempo.
Lahiri logra evocar sentimientos con el texto, y apego a los personajes.
Personalmente, ahora que estoy aquí, me identifico con Gogol. En México mis amigos me llaman Stevie (Estivi). Aquí soy Esteban. Curiosamente, en un lugar al que llegué con un apodo en su idioma, mi nombre se revirtió al original, que tenía tiempo sin escuchar.
En México está mi familia, y también mis amigos. En Nueva York tengo una vida distinta. No sé si pueda decir que soy alguien más. Pero tal vez.
Curiosamente, todo esto tiene relación con el video que hice ayer. Yuri, el artista al que entrevistamos, es un ucraniano que dejó todo atrás para mudarse a Nueva York y pintar.
Supongo que, de alguna forma, ése también soy yo.
Mucho y nada, todo al mismo tiempo.
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