Senna (2010)
Esta semana se estrenó en un cine -uno solo, sí- de la ciudad el documental “Senna”, sobre Ayrton Senna, tal vez el mejor piloto de Fórmula 1 de toda la historia.
La película, dirigida por el inglés Asif Kapadia, sigue la historia de Senna desde su inicio en la máxima categoría en 1984 hasta su trágico desenlace, diez años después. El documental entero es un conjunto de imágenes de esa época: desde los videos caseros que aportó la familia, hasta el material grabado por la cámara empotrada en los automóviles de Senna. A la par, Kapadia teje audio de entrevistas a la imagen. Nunca ves a ninguna de las personas que dan testimonio sobre Senna. Se trata de mostrar a Senna a través de su manejo, tanto del coche como fuera de la pista.
“Senna” está cargado desde un inicio al lado del protagonista. El piloto brasileño es retratado como una especie de mártir de la Fórmula 1. Es alguien que siempre tiene que pelear contra el podrido establecimiento que está en su contra. Alain Prost, el principal rival de Senna durante su(s) carrera(s), es caracterizado como el francés malévolo. La forma en que el documental presenta la relación de odio total -y parejo- entre ambos, lleva a pensar que Prost, junto con el presidente de la F1 (también francés), buscan establecer su hegemonía nacional en el deporte, a costa del chico bueno. Del otro lado, Senna, que representa a Brasil, un país sumamente golpeado en esa época, es el redentor. Él sólo quiere ser el mejor. Es el piloto más rápido de todos los tiempos. Es la esperanza de un pueblo deprimido. Pero hay fuerzas -“política” es la palabra que se repite a lo largo del documental- que lo quieren evitar.
Y hasta cierto punto es verdad. Senna es penalizado de más cuando tiene incidentes con Prost, a quien las autoridades no tocan ni con el pétalo de una rosa. Cuando Ayrton obtiene la “pole” en Japón, le cambian la posición de salida del lado izquierdo al derecho la pista, lo cual modifica cómo se llevará a cabo toda la carrera. Prost corre hacia las autoridades de la F1 cada que Senna hace algo que no le gusta. Y se sale con la suya.
Tampoco hay que negar que Senna era un genio del automovilismo. Sin duda los dos momentos más impresionantes de la película lo dejan claro. En el primero, Senna se atora al arrancar. Cae 16 posiciones. Con un manejo impecable, las remonta y regresa al primer lugar. Algo espectacular.
El segundo es en el GP de Brasil, cuando, con una cómoda ventaja, se le truena la caja de velocidades. Senna es obligado a terminar la carrera sin cambiar, con el coche en sexta durante las últimas diez vueltas. Aún así se lleva la victoria. El esfuerzo -y la tensión de ganar por primera vez en su tierra natal- hace que se desmaye. La imagen de Senna, sacado del coche por sus mecánicos, es similar a un Cristo en la cruz.
Por otra parte, aunque el director busca fervientemente hacer un santo del piloto brasileño, sus aspectos negativos trascienden el halo de la película. Senna es arrogante. Define su forma de manejar como “algo cercano a la perfección”. No le importa la seguridad de los demás, ni la suya. Quiere ganar a toda costa. Y eso lleva a que la historia se trace de tal forma que el catastrófico resultado final parece ineludible.
A pesar de su sesgo y pequeñas fallas, “Senna” es un documental que vale la pena ver. Poco nos dice de la vida de Ayrton fuera de la pista, y no importa: por lo que nos da a entender, esa faceta no existió. La velocidad, de principio a fin, fue todo para él. Y eso es lo que vemos en pantalla.