1 de octubre
Dos meses en Nueva York.
Manejo un ritmo de vida un poco extraño. Lunes y martes no tengo clases, así que realmente son cuatro días de trabajo y tres en la escuela. A veces me hace sentir un poco desconectado: mi semana se divide en dos mundos.
Los gringos son gente rara. Siento que hay una barrera invisible entre ellos y los demás. Una amiga mexicana lo explicó bien: sus respuestas no dan pie a la continuidad. Si preguntas algo, te dan la respuesta que necesitas. Te informan. Pero no se involucran.
Es raro relacionarse con ellos. A veces podría decir que hasta me parecen autómatas.
Durante las últimas semanas mi vida ha transcurrido entre libros. Mi principal consumo siguen siendo revistas y el New York Times, pero por cuestiones de escuela. Lo que antes leía por gusto, ahora leo por técnica. Le he comentado esto a varias personas, creo: me prendieron el interruptor en el cerebro y ahora no lo puedo apagar. Todo texto que leo ahora lo analizo. Qué palabras usó el autor. Porqué. Cuáles no. Cómo estructuró. Qué lo llevó a empezar así.
El problema, claro, es que ahora no disfruto tanto eso. Lo que era mi interés ahora es mi trabajo.
Como consecuencia he decidido regresar al mundo de los libros. Hoy en la mañana terminé una colección de crónicas de Daniel Hernández, un Mexican-American que nació en San Diego, fue a Berkeley, trabajó para el Los Angeles Times y decidió mudarse a México.
La descripción más cliché del libro sería que, mientras todos buscan cruzar el Río Bravo para el norte, él lo cruzó para el sur.
Sus ensayos son entretenidos. Hernández se especializa en cultura y arte subterráneo. En el DF cubre conciertos punk en las barrancas de Santa Fé, cantinas en la Guerrero, temazcales en Neza y el tianguis de Tepito, entre otros lugares.
Lo que más me interesó es que todo esto me es ajeno. Como decía hace unos días, hay una gran parte de México de la que me siento desconectado. El libro de Hernández, que se llama “Down and Delirious in Mexico City” -no sé muy bien cómo traducirlo- me enseñó todo el lado del DF con el que no tengo contacto. Así como hay barreras con los gringos, en México hay barreras entre los propios mexicanos (oh, el lugar común).
La ironía no se me escapa: tuve que venir a Nueva York para leer en inglés el libro de un Mexican-American y aprender sobre la ciudad en la que he vivido la mayor parte de mi vida, el DF.