Link

Texto para Nexos sobre Obama, la AP y la libertad de expresión.

Text

Hoy hace un año me gradué de la maestría.

Hoy el edificio del Miami Herald, el mejor lugar en el que he trabajado, cierra sus puertas tras cincuenta años.
El periódico se muda e inicia una nueva etapa.

Pasa rápido, sin duda.

#Milestones

Link

Un cuento que publiqué en la edición de mayo de Este País.

Text

De comentarios a mis notas

Soy medio masoquista y me gusta leer lo que la gente comenta en los textos que escribo. Siempre me han dicho que no lo haga, que nada más me voy a enojar. No puedo evitarlo.

Al menos en México, las respuestas a mis artículos son en su mayoría negativas (me refiero a los comentarios hechos por desconocidos.) Desde “eres un idiota” hasta algo todavía más elaborado: “eres un idiota”. (Pasando por “eres un idiota”.)

En la semana fui al concierto de Garbage. Mandé una reseña a un sitio con el que colaboro a veces, lifeboxset.com. Quienes me conocen saben que he reseñado música desde hace poco más de seis años.

En tiempos recientes he tratado de cambiar un poco mis textos y jugar con ellos. A mí, después de una buena cantidad de crónicas en el mismo formato, me da flojera escribir “el grupo hizo vibrar a los asistentes”. Creo que al lector promedio eso hasta le gusta. Pero a mí me aburre. Entonces experimento.

En lifeboxset me dejan hacerlo, así que la reseña de esta vez fue algo personal. Quise hablar de mi relación con Garbage. De las veces que los he visto y lo que me han significado. Algunas personas entendieron lo que quise hacer y se portaron amables. Otras todo lo contrario. O tal vez sí lo entendieron y nada más no les gustó. Válido.

En general, he aprendido a hacer callo. Parte del oficio. Me río. Le doy “like” a los comentarios de odio puro. Cosas con las que uno aprende a lidiar.

De Garbage hay algo que rescato. El mejor insulto que me han hecho en mucho tiempo. Me acusaron de haber estudiado en una “universidad patito”. Hasta ganas me dan de enmarcarlo.

Text

Algunas reflexiones después del México - Estados Unidos

Lo más probable es que México clasifique a Brasil 2014.
No lo hará en primer lugar, quizás ni siquiera en segundo. Tal vez hasta se dispute el tercer boleto directo con Panamá, la sorpresa del Hexagonal. (Panamá irá al Mundial, ya verán.)

Ahora bien, la Selección no está jugando a nada. Su alineación es temerosa (4-5-1, incluso en casa) y el entrenador se tarda en ajustar (y cuando lo hace, sale mal). También tiene exceso de confianza. Se siente como equipo de CONMEBOL exiliado en CONCACAF. La región le parece chica, actúa como si debiera clasificar por el simple hecho de ser México. Eso sucedió contra Honduras. El Tri dio por ganado el partido al minuto ‘60, y soltó el pie del pedal. Sí, estaban a 38 grados, pero igual dejaron de esforzarse. Cuando les descontaron y luego empataron, ya no sabían cómo responder. Se volvieron equipo chico otra vez. Pasaron de ser el gigante de la región a ahogarse en un vaso de agua, todo en un lapso de tres minutos.

La causa de esto es anterior al planteamiento táctico. Tiene que ver con que Chepo todavía no define quién debe ser seleccionado. Sigue experimentando con los convocados durante la eliminatoria. ¿De qué sirve traer a Omar Bravo de suplente? Es un jugador de 33-34 años que está teniendo un último flash de inspiración en la liga local (un death rattle) y que no va a llegar a Brasil (al menos que traigan a Aguirre de bombero por tercera vez). En mi opinión es por soberbia: Chepo está eligiendo quién va al Mundial, sin tomar en cuenta que todavía no tiene el boleto en sus manos. 

De acuerdo, Horrible Peralta está lastimado, pero para eso está De Nigris, a quien venía usando antes. Continuidad.

Otros jugadores que no dan el ancho, en mi opinión: Zavala (perdido), Salcido (¿de contención?) y Maza (lento y bravucón).

Y por más que Aquino ahora juegue en Europa, ésa no es condición sine qua non. Denle la banda a alguien más, aunque sea del León. Es como si tuviéramos a Layún de titular porque un cuadro italiano lo alineó tres veces.

Esto me lleva al siguiente punto: no sé qué haya hecho Carlos Vela o qué le hayan hecho a él para que no esté jugando con el equipo. Que se disculpe quien se tenga que disculpar. Y si él fue el del problema, pues ni modo, que Chepo se trague el orgullo. Vela tiene que estar en el once titular. No podemos desperdiciar al mejor jugador mexicano hoy en día. (Quien no me crea, por favor sintonice un partido de la Real Sociedad.)

Por eso los jugadores y el técnico se están volcando en contra del arbitraje. Es el chivo expiatorio de por qué no salen las cosas.

En Honduras el penal no era, y contra Estados Unidos hubo un par de jugadas discutibles. Eso nadie lo niega. Pero debe dejarse de lado. Si el árbitro se traga el silbato, hay que aguantarse y jugar a pesar de ello. No quedarse trabado como energúmeno y botar todo. Tampoco hay que caer en esta narrativa de que las fuerzas exteriores conspiran en tu contra.

El Tri debe corregir pronto. Tiene tiempo. Quedan siete partidos de eliminatoria más la Copa Confederaciones y la Copa de Oro, dos torneos que sirven para tomar ritmo y enfilarse al último trecho del Hexagonal.

Desde que tengo uso de razón, México ha clasificado. No quiero que eso cambie. Estoy acostumbrado a la agonía de los octavos de final. Chepo, jugadores, no me la quiten.

Text

Muerte

Mi perra tuvo cuatro cachorros hoy a medio día. Mientras el Barcelona remontaba el partido contra el Milan. Al fondo se escuchaba la narración.

Hubo uno que se tardó más en salir que los demás. Arwen pujaba y pujaba, pero no lo lograba. Supimos que algo estaba mal en el momento en que se fue del estudio y decidió ir a la sala.

Cuando al fin nació el cachorro, Arwen regresó de inmediato a su caja. Lo dejó en los periódicos que estaban afuera.

Es como si lo hubiera abandonado. No lo limpió ni le trató de romper la bolsa. Como si supiera que no había ayuda que darle. Algo (¿instinto?) le dijo que no.

Sólo nosotros pensamos lo contrario. Lo frotamos con una toalla. Pero el cachorro nunca respiró. Ella tenía razón.

Arwen no le dio, como dicen en inglés, un second thought. El cuarto y último nació, sin problemas, minutos después. El tercero fue sólo un paréntesis. Ni lo asimiló.

Yo, como humano, sí. Me despedí de él. O de ella.

Photo
Hay una escena en The Perks of Being a Wallflower en la que Bill, el profesor de literatura de Charlie, el personaje principal, le da un libro. Bill le ha estado dejando de trabajo extra hacer ensayos críticos sobre varios clásicos durante el semestre.Cuando le da el último, dice:“I think you could write one of them one day.”Me transportó a mi primer año de preparatoria, donde al igual que Charlie, yo tenía problemas para encajar. Estaba en un país distinto, con compañeros desconocidos. Mi primera tarea para clase de español fue escribir un cuento. Lo que está arriba es el comentario de la profesora.Jamás lo he olvidado.Hoy, 4 de marzo, di un paso en esa dirección. Acabo de terminar el borrador de un libro. No sé si es bueno, no sé si podrá ser publicado. Pero empiezo a hacer lo que siempre quise. A veces la ficción y la realidad se entremezclan.

Hay una escena en The Perks of Being a Wallflower en la que Bill, el profesor de literatura de Charlie, el personaje principal, le da un libro. Bill le ha estado dejando de trabajo extra hacer ensayos críticos sobre varios clásicos durante el semestre.
Cuando le da el último, dice:
“I think you could write one of them one day.”

Me transportó a mi primer año de preparatoria, donde al igual que Charlie, yo tenía problemas para encajar. Estaba en un país distinto, con compañeros desconocidos. Mi primera tarea para clase de español fue escribir un cuento. Lo que está arriba es el comentario de la profesora.
Jamás lo he olvidado.

Hoy, 4 de marzo, di un paso en esa dirección. Acabo de terminar el borrador de un libro. No sé si es bueno, no sé si podrá ser publicado. Pero empiezo a hacer lo que siempre quise.

A veces la ficción y la realidad se entremezclan.

Text

21 de enero

Hoy vi Django Unchained, de Quentin Tarantino.

Sirvió de buen contraste a Lincoln, dado que ambas tratan el tema de la esclavitud, aunque de formas opuestas: Lincoln, como decía, es sobre la política detrás de la abolición. Django es sobre su cruenta práctica, a nivel de suelo.

Sinopsis: un dentista alemán que atraviesa el sur de Estados Unidos se convierte en cazarrecompensas. En la búsqueda de tres fugitivos, libera a un esclavo negro que los ha visto, para que lo ayude a localizarlos. A cambio le da dinero y le ofrece ayudarlo a encontrar a su esposa, quien fue vendida al dueño de una plantación.

El dentista es Christoph Waltz, a quien Tarantino hizo famoso en Inglourious Basterds. El esclavo es Jamie Foxx, quien ganó un Oscar como Ray Charles, y el villano –el dueño de la plantación y la esposa– es Leonardo DiCaprio.

Ninguno de los tres está mal, aunque Waltz está encasillado en el papel del alemán extraño que usa palabras domingueras (el dentista parece una variación del siglo XIX del coronel alemán de Inglourious). Foxx cumple como vaquero en busca de venganza, y DiCaprio es un villano decente. (Yo sostengo que es buen actor, aunque éste no es su mejor trabajo. Ni de cerca)

También resalto la actuación de Samuel L Jackson, como un esclavo asimilado, de aquellos que tratan peor a la gente de su raza que los dueños mismos.

El problema, en mi opinión, es Quentin Tarantino. Ahora que veo su filmografía, me doy cuenta que sólo me falta Jackie Brown. Y ahora que veo su filmografía, me doy cuenta que sólo me han gustado dos de sus películas: Reservoir Dogs y Pulp Fiction. No sé si sea coincidencia, pero son las dos primeras.

(O tal vez el problema soy yo, pero creo que él está sobrevalorado)

Django no empieza mal. Tarantino sabe cómo llamar la atención. El diálogo es chistoso, el exceso de la sangre atrayente. La trama es lineal y bastante simple: Django y el doctor deben llegar de A a C pasando por B. El problema es que llegan a B muy rápido y el resto de la película es un acercamiento muy alargado –y tedioso– a C. Ya que llegan ahí, después de círculos y formalidades (diálogo de la época, violencia, etc) en las que Tarantino se divierte, sólo queda una solución, o al menos eso es lo que él opina: volar todo en pedazos para romper la barrera que se auto-impuso con el guión.

Se ve venir y no sorprende en lo absoluto. Uno sabe desde un inicio que el héroe obtendrá su venganza, y que lo hará sin reparar costos. Pero, al igual que en Kill Bill, la ejecución es aburrida. Si el público ya sabe el final, le mueves el cómo. Lo entretienes. El medio puede ser mejor que el fin. Pero si uno es previsible y el otro aburrido, pues qué necesidad.

Tarantino lleva rato haciendo lo que los gringos definen como derivative. Nada más que a diferencia de copiar a alguien más, se copia a sí mismo.

Text

20 de enero

Este fin de semana vi dos películas muy distintas. Unas líneas a continuación.

El viernes fue el turno de Lincoln, de Steven Spielberg. Me emocionaba por lo que había escuchado sobre la actuación de Daniel Day Lewis (no me decepcionó él, debo decir), y porque me interesa la historia estadounidense, de la que he ido aprendiendo algo en tiempos recientes.

(Cuando fui pequeño y viví en Texas, llevé clases de historia tejana. Sé sobre el Álamo y sobre la guerra de independencia con México, pero cosas como la abolición de la esclavitud no las tengo muy claras)

Lincoln es lo que mi papá describe como “historia de bronce”. Es una de las acostumbradas épicas spielbergianas donde los bandos quedan muy claros, y los buenos, a pesar de algunas fallas, son esencialmente eso, buenos. Lincoln, presidente de Estados Unidos durante su época más turbulenta desde de la independencia, es un good guy. Habla en parábolas (qué flojera que cada vez que quieras tener una conversación con alguien todo sea a partir de historias que ilustran un punto, la verdad) y resuelve disputas locales –eso ha de haber sido interesante, a pesar de ser el líder de un país, escuchaba de cuestiones municipales y repartición de tierras al nivel más pequeño. Pero no parece tener ninguna falla, o ningún conflicto, con todo y que está tratando de terminar una guerra de cuatro años y un problema racial gigante.
Es obstinado, y tiende a ignorar la ley y el consejo de sus secretarios, pero porque tiene un fin superior: abolir la esclavitud. (Un poco preocupante esa justificación del “greater good”… con tal de terminar la guerra, Lincoln interpreta la Constitución de forma cuestionable. Pienso en Obama y los drones, o aviones sin piloto, y cómo puede pensarse de forma similar y me da escalofríos) Con esta idea del fin y los medios, queda casi disculpado por el guión.

La película es interesante en cuanto a los debates parlamentarios para reformar la Constitución. Thaddeus Stevens, interpretado por Tommy Lee Jones, es un personajazo. Un legislador con una habilidad verbal inigualable en la cámara, y con una visión moderna y a la vez no del problema. En una de las discusiones sobre el fundamento para la enmienda, tanto Stevens como sus oponentes, los demócratas (otra cosa que tengo confusa, cómo cambiaron los roles de los partidos a lo largo del tiempo) aluden al derecho natural y a Locke, cada uno para justificar su punto. Para Stevens todos somos iguales. Para los demócratas no. Y el fundamento es el mismo.

Al mismo tiempo, un trío de cabilderos (supongo que sería la palabra correcta) busca corromper a distintos legisladores demócratas para obtener su voto en favor de la enmienda. Ofrecen trabajos de poca monta, entre otras cosas, para obtener el objetivo. A pesar de que estamos hablando de una enmienda constitucional, que cambiaría para siempre a Estados Unidos, la película nos recuerda que esto sigue siendo política. Un voto es un voto, sea cual sea el objetivo. (Bonito contraste con los ideales del presidente, creo)

A mi gusto, Lincoln dura mucho y es demasiado maniquea (los cabilderos son más por humor que por otra cosa). La discusión sobre la esclavitud como problema económico –la preocupación principal del sur– es vista a través del lente de nuestros tiempos, entiéndase, los derechos humanos.

La otra película que vi fue End of Watch, de David Ayer, el mismo que hizo Training Day.

Como en Training Day, Ayer narra la historia de dos policías en South Central Los Angeles, el área más peligrosa de la ciudad (es donde ocurrieron los motines de los 90). Aquí también hay un policía blanco (Jake Gyllenhaal), pero el negro ahora es latino (Michael Peña). Ambos son patrulleros locales.

End of Watch –sin distribuidora en México todavía– está filmada a través de un estilo Youtube, según Ayer. Gyllenhaal graba todo lo que sucede mientras patrullan para una clase que está tomando, y la película es en formato de cámara de video de mano.

La forma es interesante, aunque uno se marea un poco al principio con tanto salto de cámara. Pero ya que se acostumbra, la trama es lo suficientemente fuerte como para dejar el mareo atrás.

Como Lincoln, End of Watch puede ser considerada maniquea. Los policías –con más defectos que el presidente, por mucho– son los buenos, y los gangs –ahora latinos, antes negros… un punto bien elaborado a través de la película– los malos. No hay explicación de porqué pasa lo que pasa, la historia es anecdótica. Pero las anécdotas son interesantes, y las interpretaciones de ambos actores le dan más matices de los que podría tener una película de policías. El matrimonio del mexicano y la cultura del “dating” del gringo, por ejemplo, como contraste. El mexicano se casó con su novia de prepa, va a tener una hija y su familia hace fiestas de quinceañera. El gringo, por su parte, anda en el rollo de que “quiere conocer a alguien con quién poder hablar” y demás.

(Según leí, parte del diálogo en la patrulla, donde pasan la mayor parte del tiempo, es improvisado)

Como decía, End of Watch no pretende ser una película analítica; es meramente una historia. Pero a veces vale la pena regresar al nivel más básico, al de a pie (pienso en el libro que reseñé en la entrada pasada) para poder entender algo. Así como los cabilderos en Lincoln, y los policías en End of Watch, lo anecdótico también tiene su valor.

Text

18 de enero

Hoy terminé The Big Truck That Went By: How the World Came to Save Haiti and Left Behind a Disaster, de Jonathan Katz, quien fue corresponsal de la AP en Haití durante el terremoto de enero 2010.

Al momento del temblor, 7.0 en la escala Richter, Katz era el único periodista extranjero en el país. Desde ahí empieza la serie de revelaciones impresionantes en el libro. Haití es un país olvidado por la prensa y por el mundo. Es una especie de desastre perpetuo, cuyo único interés para el exterior es cuando las cosas empeoran de forma significativa. (Llama la atención cuando sale una historia sensacionalista, por ejemplo)

El libro es una crónica de lo que ocurre en Haití desde el terremoto hasta que “Sweet Micky” Martelly, un cantante de música kompa (tradicional haitiana, me sonó un poco a bachata mezclada con reggae), gana la elección presidencial en mayo de 2011.

Katz también es parte de la historia, porque empieza a desarrollar síntomas de PTSD (estrés post-traumático, lo que le ocurre a los soldados después de la guerra), y la cobertura del desastre haitiano se vuelve una especie de adicción para él. Por no querer lidiar con el hecho de ser un sobreviviente en un país donde entre 100,000 y 400,000 personas murieron por consecuencia de un terremoto que en otro país apenas mueve algunos edificios, se sumerge en el trabajo, sin tomar un respiro. (La incongruencia en las estimaciones de muertos se debe a que ni las ONGs ni el gobierno haitiano tuvieron forma de determinar cuanta gente murió… Al año del temblor todavía seguían apareciendo cuerpos en Puerto Príncipe, la capital)

Katz es víctima y reportero, y en un principio el único enlace con el mundo exterior.

El autor también entrelaza la historia del país a la crónica de los sucesos. Narra y explica, de forma clara, porqué el país tiene tantos problemas. No es sólo el hecho de que haya sido dominado por una familia dictatorial durante gran parte del siglo XX (Papa Doc y Baby Doc Duvalier), sino muchos otros factores. Cuando Haití se independiza en 1804, es el segundo país en todo el continente americano en hacerlo. El problema principal, según Katz, es que el país fue liberado por la población negra, cuando en otros lugares, como Estados Unidos, la esclavitud estaba todavía permitida. Según el autor, el hecho de que Haití fuera negro hizo que Estados Unidos rechazara hacer negocios con ellos, lo cual dañó la economía y desarrollo del país desde su fundación.

Otro motivo importante es la planeación. Puerto Príncipe fue construído en una bahía inhóspita, donde el agua termina y las montañas empiezan casi inmediatamente. Haití está sobre una placa tectónica, según explica Katz, por lo que construir una ciudad en ese lugar en particular no era buena idea. Pero, a diferencia de Antigua en Guatemala, donde la capital fue cambiada a otro lado después de un temblor que destruyó la sede anterior, Haití decidió reconstruir Puerto Príncipe una y otra vez. Huracanes, temblores, incendios… Siempre rehacían la ciudad, con todo y que sabían que en cualquier momento algo horrible podía volver a pasar.

Quizá la parte más interesante y más escalofriante del libro es la explicación del Haití actual. Katz analiza los montos de ayuda que donan –o prometen donar– varios países a la reconstrucción de Haití. A primera vista parecen cifras exorbitantes –miles de millones de dólares– pero si se compara con los presupuestos incluso de ciudades estadounidenses, se entiende que tampoco es tanto dinero el otorgado. Más aún, gran parte de los donativos son en verdad descuentos de deudas: en vez de dar dinero, los países dicen que no cobrarán el dinero que debe Haití desde la época de los Duvalier. Los vamos a ayudar no cobrándoles lo que nos deben.

Aparte de eso, Katz argumenta y demuestra de forma convincente que el dinero no es la solución a los problemas de Haití. René Preval, el presidente al momento de la catástrofe, dice en alguna ocasión que el país lo que necesita es ayuda para fortalecer las instituciones, no que les avienten dinero cada que hay un problema. De cierta forma parece como el post-colonialismo en África, donde todos los países que controlaron el continente ahora dan dinero, dirían unos, para paliar sus culpas.

En síntesis: Haití es un desastre y el mundo no sabe cómo lidiar con ello, salvo a través de dinero, cosa que queda demostrada en The Big Truck That Went By, no funciona.

Recomiendo mucho este libro, porque está muy bien documentado y sirve para entender porqué Haití es el país más pobre de América. Katz es un escritor sintético –no en balde fue reportero para un servicio de cables, donde las noticias tienen que ser lo más concisas posibles– y con muy buen ojo para el detalle. Tal vez el final es un poco escueto (se siente cómo el autor está cansado de revivir todo), pero en general es lectura indispensable.